Por Carlos Galilea

La primera vez que escuché una canción de Guinga fue en la voz de una cantante, en una plaza del centro de Río de Janeiro. Cantó alguna más y yo me iba quedando cada vez más fascinado por lo que estaba descubriendo allí. Debía ser a principios de los años noventa, pero el impacto sigue vivo en mi recuerdo. Lo que sentí entonces, y el tiempo no ha hecho sino corroborarlo, es que estábamos en presencia de un compositor intemporal. Cuando le conocí luego en Madrid, en la que fue su primera actuación lejos de Brasil –en el mismo Colegio Mayor de la ciudad en el que dio su último concierto Camarón-, le dije que me parecía un clásico vivo. Guinga, al que pocos prestaban atención por aquellos días en Brasil, parecía muy preocupado por la posteridad. Caminando por la calle, de noche, me preguntó si yo pensaba que su obra acabaría por ser reconocida. A mí se me había olvidado la respuesta, pero él me la recordó muchos años después: no se puede esconder el talento para siempre; igual cuando se reconozca tu valía ya no estás en este mundo, Escobar, pero estoy seguro de que tu nombre y tu obra van a permanecer. Así va a ser. Y así es ya, afortunadamente.